El tronco del árbol herido lloraba y sangraba,
como el rostro del profeta que llora por su pueblo
y saca la lengua para burlarse de los desertores
que un día se fueron a buscar agua
en medio de un desierto de bombas perdidas en el olvido.
El tronco del árbol herido cayó sobre un río rojo,
tintado por la sangre de los mezquinos que merecen ser enterrados y
quemados bajo el ingente sol que se alza tras las murallas de su pueblo,
murallas construidas con piel de proletariado y dinero de ricos dirigidos
por ricos.
El tronco del árbol herido se
arrastraba
como una babosa que busca, con sus tres antenas, restos de
animales putrefactos de los que alimentarse, animales que hace tiempo
fueron obreros ricos y laboriosos que veían como caía el tronco del árbol
herido,
que en tiempos pasados carecía de llagas y brillaba con valentía y
sensatez.
El tronco del árbol herido caía sosegadamente
mientras su pueblo se desmoronaba ante sus pies.

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