Alcé la mirada hacia el
desierto y encontré mi esencia
colgada en el perchero de
siempre, al lado de aquel bombín,
debajo de aquel chaleco,
encima de aquel bastón.
Y cerré la puerta antes
de salir
para que no entrase el
frío que cala la sangre
y hace que el vaho te
pudra por dentro
quemando inocente la
lámpara del dios
que nos vigila en el
pasado donde te dejaste las pupilas.
Corrí bajo las pestañas
culpables de mi ensueño
y me acosté otra vez con
mis mentiras
como aquel que vuelve a
matar por miedo,
que vuelve a herir por
temor,
por pánico, por sueños.
Me volví a dormir bajo
las escaleras de mi mente
observando el mundo desde
el perchero,
desde la puerta cerrada
donde entraba el frío,
donde se colaba el miedo
que pintaba la nieve
y que hería los sentidos
de mi muerte,
de mi ángel, de mi suerte, de mi vida.
Callé para decirlo todo y
el bombín se cayó del perchero
y las ojeras me crecieron
en la cara
mientras el aire frío
entraba evanescente
para indicarme que la
salida
nunca había estado en esa
puerta, al lado de ese perchero
junto aquel bombín,
bajo aquel chaleco,
sobre aquel bastón.
Y cerré la puerta antes
de salir.
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