Las enormes construcciones se alzan sobre mí,
me engullen sin dejarme respirar, mientras camino a su lado. Sigo caminando y
no estoy a gusto. Por todas partes se pueden divisar grandes carteles
fosforescentes que dañan a los ojos y producen una fuerte inflamación de la
retina, consiguiendo, así, nublarme la vista. El sonido ensordecedor de la
ciudad hace que mis tímpanos lloren sangre, expulsándola por el conducto
auditivo. Las gigantes construcciones
siguen engulléndome. La gente que anda con prisa y sin rostro por aquella
agonizante ciudad, chocándose mutuamente, hace que mi respiración se vaya
cortando poco a poco. Mi nariz huele de todo: sudor, zapatos malolientes, rata
muerta, flatulencias, un chicle de menta aplastado…¡Qué
aromas extremadamente repugnantes! Mi nariz llega a no poder diferenciar ningún
olor. No puedo más. Mis pies gritan: “¡Auxilio!”, mis oídos: “¡Socorro!”y mis
ojos y nariz ya ni gritan. Decido irme de aquella multitud de seres sin rostro
que caminan agonizantes y sin rumbo. Mis pies, ya casi muertos, me llevan hasta
una callejuela donde puedo observar a una persona que pinta con un utensilio, sobre una especie
de cuadrado sostenido por un tipo de caballete de madera. Deduzco lo que puede
ser aquel hombre, ya que mi vista no me lo permite. Efectivamente es un pintor,
un pintor que dibuja y plasma aquel lado de la ciudad tan tranquilo y
desconocido. Cada vez veo mejor. Mi vista vuelve a la normalidad. Detrás del
pintor diviso una mujer de “moral distraída” con sus enormes senos, en forma de
pera madura, al descubierto, al igual que su cabello, negro como el carbón.
Detrás de aquella mujer aparecen tres fulanas más. Y detrás de estas, salen un
par de vagabundos caninofaciales que me transmiten un miedo que no se podría
describir con palabras. Salgo de allí corriendo, como si del Leviatán se
tratase. Me distancio del centro de la ciudad, tanto que parece que esté solo.
Completamente solo. Mis pies empiezan a despertar exhaustos. Mis ojos descansan
por fin. Mi nariz huele el asqueroso sudor que baja por mis axilas, única señal que me recuerda dónde he estado. Mis oídos no oyen nada, solo mi cansada respiración.
Se hace el silencio. El silencio absoluto.

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